
La Descalificación es la perdida de crédito, autoridad o valor, puede ser la percepción del sujeto hacia sí mismo o hacia los demás, la descalificación en oportunidades es la proyección negativa del individuo sobre terceros, transformando características neutras y positivas de la persona a descalificar en elementos negativos, para ello el descalificador usa elementos propios de la distorsión cognitiva, como son, la magnificación, minimización, sobregeneralización, etiquetados, negación a la realidad, intolerancias irracionales, entre otras, demostrando pobreza emocional e intelectual. Al descalificar impulsivamente, el individuo desnuda inevitablemente sus frustraciones, sus temores, su poca capacidad de análisis racional, sus rasgos sociopaticos, que son, el desprecio por los demás, el irrespeto al decoro y al derecho ajeno, la transgresión a las normas de convivencia social, la inobservancia de las leyes y su incapacidad a adaptarse a la sociedad, sintiéndose por debajo o muy por encima del colectivo social.
La descalificación en Venezuela ha sido el arma política de muchos, sobretodo de aquellos que carecen de argumentos sólidos y que su imposibilidad intelectual no les permite debatir en el terreno de las ideas, los descalificadores no se detienen a analizar los hechos ni las circunstancias, atacan de manera vehemente e irracional al mensajero sin comprender el mensaje. En estos 12 años de revolución se ha profundizado la descalificación y vemos como desde la alta magistratura del país usan la ofensa, la burla y la calumnia como armas para atacar a la disidencia, entre otras cosas, disparan improperios sin que nadie se atreva a ponerle control, lamentablemente este modelo sociopatico es imitado por otros gobernantes de menor rango quienes en una suerte de ensalzamiento buscan imitar burdamente el lenguaje descalificador de Miraflores.
Puerto Cabello no ha escapado de este estigma sociopatico, la primera autoridad civil del municipio, nuestro Burgomaestre, usa atrozmente, sin fuero ni decoro su palabra atropelladora, descalificando a todo aquel que intente señalarle una falla, un defecto, un desacuerdo o un mal proceder, su lenguaje es un arma que intenta intimidar y opacar a sus adversarios sin entender que en la critica puede haber aprendizajes y la posibilidad de mejorar, sin aceptar que el funcionario público se nutre de la polémica y que esta es una oportunidad para rebatir con argumentos los señalamientos, demostrando con intelecto su dotes políticos. Lo triste es que mientras estos funcionarios públicos, responsables del progreso y la administración de la ciudad se detienen a ofender vilmente, la ciudad espera respuestas concretas sobre los problemas fundamentales y en Puerto Cabello algunas de las problemáticas se han agudizado bajo la inobservancia de los que han venido gobernando malamente la ciudad, ya el mandato municipal alcanzó la mitad de su periodo y aun esperamos la concreción de soluciones primordiales o por lo menos el cumplimiento de las promesas electorales y no tanto maquillaje, fiestas y papelillos.
Este es un llamado para reflexionar, aunque me expongo a recibir el látigo canalla de la descalificación, pero cuando tenemos convicción de lo que hacemos y la meta esta clara, los improperios solo son ladridos que anuncian que vamos por buen camino y aunque su soberbia les impida escuchar, estaremos siempre sin temor vigilantes para señalar las fallas esperanzados en que se apliquen los correctivos, porque a la final, tirrios y troyanos, unos y otros, todos juntos, lo que queremos es una mejor ciudad, un mejor país, un camino mejor para todos por igual.
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